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Desde que volví a Bogotá, me he reencontrado con varios personajes dignos de ser plasmados en un escrito, porque son tan graciosos o tiernos que merecen que todo el mundo sepa que existen.

Por ejemplo, el vendedor ambulante de la esquina de mi casa. Como muchos de los vendedores, tiene sus dulces, charmes, chicles, bien puestos en un carrito confeccionado con esmero, ya que cuenta con parasol/paraguas, llanticas todo terreno y hasta un cajoncito donde guarda su “stock”. Lo que me encanta de ese señor, es que es un viejito, muy arrugado y encorvado que llega todas las mañanas muy a las 7 y se para en su esquina como cualquier comerciante “formalizado”, como decimos en el lenguaje políticamente correcto. A los 2 minutos, llega un chico que debe ser su nieto, con un perro negro, de talla mediana, super bien arreglado y brillante. Entonces, el niño le entrega el perro a su abuelito y se queda cuidando el negocio y el abuelo se pasea con el perro por el parque y le juega igual que todos los demás dueños de los perros. Me inspira una ternura infinita…

También está don Hipólito, el embolador de zapatos que llega todos los días: B’días dotora! Una emboladita? Yo pensaba que ese tipo de personajes increíbles solo existían en la televisión, porque son tan auténticos que uno no puede creer que sean de verdad. Pues si, son de verdad y son mejores que en televisión porque tienen una vida real, que la comparten con uno mientras le echan a los zapatos “nitrato de sodio” , que no es otra cosa que agua lluvia, porque “con este producto esos zapatos le van a brillar de lo lindo, mi dotora”.

Alguien alguna vez, estando por fuera de Colombia, me hizo prometerle que cuando volviera por aquí me comería un herpo en su nombre. “¿Y qué es esa vaina?” Pues ya lo sé, gracias al Renault 12 modelo 80 que se para en múltiples esquinas bogotanas diciendo: “…hoy traje para ustedes el ffffammmoso bocadillo veleño, tan saludable y nutritivo, pero ¡claro! Es pulpa de pura fruta, ayuda a la digestión los niños, jóvenes y adultos mayores, elaborado con la mejor guayaba del mundo la guayaba santandereana; también les tengo la panela, señoras amas de casa, ¿conocen todas las virtudes de la panela?….

Ese carro es mágico, parece salido de un cuento de hadas colombiano, con un montón de cajitas de panelitas, de bocadillos, de melcochas que arrancan los dientes y de herpos. Parece como si se fuera a hundir bajo el peso de todas esas “dulcerías” exquisitas que como dice mi tía “ole ¿esto si sabe a gloria no?”.

¿Y qué me dicen de los taxistas? Un día me encontré con uno, que en medio de la carrera, me contó que tenía un Renault 4 “engallado”. “Vea, yo le puse unos bafles gigantes, esa vaina truena, ¿si me sigue?, ‘tonces cuando salgo con mi mujer, nos parquiamos en una esquina a tomar guaro, yo le espicho un botoncito que hay al lado del timón y la puerta de atrás se abre sola y salen esos cosotes, con ese regetón a toco taco, uyyyyyyy eso es, vea, ahí si me siento el rey, ¿si me entiende?”. Otra vez, hubo otro mucho más romántico que me cantó Javier Solis con la lágrima al ojo y me conmovió profundamente.

Finalmente, es necesario hacerle un homenaje especial a los celadores. Un humorista colombiano famoso dio cuenta de la increíble capacidad que tienen estos señores para reinventarle el nombre de acuerdo al juicio que hacen de la cara de uno. “¿Nombre?” “Silvia Pérez” NADA MÁS FÁCIL ¿NO? Pues no, ellos en esas circunstancias llaman por el citófono:”Si buena noche, es que tengo aquí a la ‘ñorita Verónica Castro, que para lo del agasajo en el salón comunal, ¿la dejo seguir?… No que pena ‘ñorita pero es que en la lista no figura ninguna Verónica Castro…”. La primera vez que me pasó, me destornillé de la risa porque no podía creer que fuera cierto. Las últimas me río menos, pero me siguen pareciendo auténticos porque de acuerdo con el nombre que le ponen, uno se siente halagado…

Ayer tuve que hacer los trámites de lo que aquí comúnmente se conoce como “la liquidación del contrato”. Si, si, si, se me acabó el contrato. Pero eso no viene al caso aquí. Lo que viene al caso, es lo que yo llamo “los procedimientos de simpatía” que uno tiene que llevar a cabo para poder dar por terminado un compromiso laboral con una entidad pública colombiana.

Llegué temprano, porque Adalberto*, el señor que se encarga de mi contrato me había dicho que tenía “que apurarle para ver si alcanzamos a coger las firmas de todo el mundo, porque después nos salen chicharrones y ahí si se friega y no le pagan este mes, nena.” Cuando llegué, me dicen que el señor no está porque resulta que a él también se le terminó el contrato y ya no vuelve más…

¿Y QUE VOY A HACER??? ¿Cómo me pudo abandonar en este momento crucial de mi existencia?, me pregunto, prediciendo mi periplo infernal por todas las oficinas, cubículos y escritorios del lugar, haciendo una sonrisita medio ridícula, solicitando “una firmita ahí donde esta la equis, si eres tan amable :) ”.

Entonces empiezo mi vía crucis por la oficina de la Dra. Olga, jefe de todo lo que es contratación, con una actitud tímida pero resuelta. “Venga le pongo mi autógrafo, nena y después me le dice a Asucenita que le ayude con el resto”. “Gracias sumercé” le digo y salgo para donde “Asucenita” la secretaria, quien me dice: “Ay pero siendo tú, pues claro, vamos a agilizar esa vuelta…” Gracias al todopoderoso, estoy pensando, cuando me suelta la señora “Pero corazón, te falta el formulario D57!”… HEIN???… “Y qué es eso, Asucenita???”, pregunto de nuevo, tratando de mantenerme de lo más simpática así me muera de la piedra, porque el tema es de vida o muerte.

Finalmente, no se como resuelvo el tema del D57, el hecho es que después me toca ir a donde “Julito”, para lo de la “firmita”, esperar “media horita” a que me atienda, siempre con la sonrisita y la simpatía pegadas como mis mejores aliadas.

Por último, tengo que dirigirme a donde “Blanquita”, la temida “Blanquita”, jefe ad hoc, o más bien ayudante de suma importancia de la sección financiera, que lleva 50 años trabajando en la institución, que antes de la remodelación cuadraba perfecto con los muebles y que puede hacer que todo el procedimiento de simpatía se me esfume en un segundo. Con ella si que toca a lo reina de belleza: “¿Y que más Blanquita, como me le ha ido, como está, tanto tiempo sin verla no? Vea le traje un detallito y de pasadita vengo a pedirle una firmita ahí donde está la equis.” Blanquita me mira con desconfianza, pero finalmente me sonríe y me pone la firmita y hasta me dice que la puedo llamar para ver como va “lo mío”. Gracias al cielo y a mis abuelitas que me amparan.

Como diría un amigo, más vale tener amigos que plata en la vida. Y ese dicho en las instituciones públicas vale ORO.

* Todos los nombres han sido cambiados…

Un año de silencio…

Hoy estoy triste… Esta mañana, leyendo el Tiempo, salió un especial sobre las fosas comunes que han venido encontrando poco a poco en toda Colombia. Y sobre como se cometían (y se cometen…) todas esas barbaries. Me duele ser humana ante tales hechos; me da vergüenza la naturaleza humana capaz de lo más terrible… Y si pudiera hacerlo, pediría que en este país se hiciera una semana, un mes, un año de silencio por todas las personas que han tenido que sufrir tanto.

Los buses de Bogotá

Como todos los días, yo estaba esperando el bus en la 26 con 30. Siete de la noche, una lluvia fría, pero fría!, y varias personas “apretaditas” en paradero de bus. Yo tengo que coger un bus que dice: 144, Cartagenita, San Diego, Cra 7, U Javeriana, Av. 68.

Como es sabido y consabido, los buses aquí a parte del Transmilenio, no tienen orden alguno. Pasan cuando se les da la gana, paran si se les da la gana, corren si se les da la gana y van a dos por hora cuando no tienen suficientes pasajeros. Bueno… pues el famoso 144, Cartagenita, San Diego, Cra 7, U Javeriana, Av. 68., es uno más de ellos. Así que estaba yo bajo la lluvia con mi paragüitas, y como me pasa muy seguido el 144, Cartagenita, etc. pasó por el carril del fondo, a mil, dejándome con la mano estirada y corriéndole detrás.

“HIJUEPU…!!!!!!!!!” grité, con irritación de pensar que estaba ahí, gélida, “mamada”[1], a las siete y pico de la noche, en un sitio que no es el más chévere… Pasaron como tres así, yo ya estaba que me tullía de la piedra, pero no sabía que me esperaba lo peor.

Después de mucho pensar, me subí a una “buseta”, que son unos buses “chatos”, y que no tienen sino una puerta adelante. Me subí, a pesar de que estaba llenísima, tanto que a duras penas logré pasar “la registradora”. Me quedé ahí, pero a los dos segundos el chofer me empieza a decir: “Circule hacia atrás, haga el favor, niña…” “Señor, no puedo, no ve que esta llena la buseta???” “Entonces, no sé pero no se me quede ahí en la puerta…” Finalmente, terminé espichada entre la registradora, el señor sentado en el primer puesto de la buseta y el conductor. Entonces le pido que si cierra la puerta. “Esta dañada, no la puedo cerrar y no se me las venga a dar aquí de estrato seis”….

Entretanto, recoge a seis personas más, no se puede respirar, los vidrios están empañados porque a la gente aquí le fascina dejar todas las ventanas cerradas, yo estoy literalmente comiéndome la cabeza de una señora, mojándome con mi propio paraguas, aguantando el frío que entra por la puerta, intentando mantener mi cartera segura (porque se aprovechan de las situaciones incómodas para caerle al desprevenido o al que “dé papaya”), tratando de tenerme de lo que pueda para no caerme por culpa de los frenazos del chofer y viendo a una niña que está con un pie afuera del bus y el pelo al viento y la lluvia glaciales.

Me siento indignada de semejante trato, no solo hacia mi, sino hacia todos los bogotanos que estamos obligados de utilizar esos buses, busetas, colectivos y ejecutivos… Cuando llegué a mi casa, le conté a Toño en medio de lágrimas medio histéricas. Me dijo que no exagerara tanto, pero la verdad, no creo que esté exagerando, porque yo por lo menos puedo llamar un taxi de vez en cuando… pero esa no es la situación de la mayoría de la gente en Bogotá.


[1] Cansada en “bogotano”

La Contraloría

Esta mañana tenía que ir a “hacer vueltas”, es decir, a sacar unos papeles necesarios para poder trabajar. Tuve que ir a la Contraloría, por una certificación de no se qué, a la Personería, por otro papel que diga que uno no está en deuda con la ley y a la Procuraduría por otro papelito verde, que le dan a uno después de haber hecho una cola de 45 minutos en Bancafé y haber consignado $ 3.700.

Entonces llego yo a la Contraloría. Queda en plena carrera 10 con calle 18, centro de Bogotá. Hay una fila, no muy larga. Hay que saber que desde que regresé a Bogotá, perdí toda la timidez que había desarrollado en el país europeo y muy organizado donde viví durante varios años. Así que como suele hacer la gente aquí, me acerqué a la última niña que estaba en la cola y le pregunté, – como hacen todos los bogotanos, colombianos, ¿latinos? – si esa era la fila para sacar el papel de la Contraloría. Yo ya sabía que si, pero uno aquí debe corroborar la información, por si las moscas, porque que tal que hayan cambiado el sitio y uno no sepa.

Ante su respuesta afirmativa, seguí con la siguiente pregunta, que es: ¿y qué papeles piden? Todo el mundo hace lo mismo. Llegan al sitio, faltando media hora para que cierren, preguntan qué papeles se necesitan y si se necesita digamos, la fotocopia de la cédula (que es un requisito sine qua non para “hacer vueltas” aquí) entonces corrrrrrrrrrra a una fotocopiadora, no sin antes pedir que le guarden a uno el puesto…

Entro al lugar donde expiden el famoso papel y oh! sorpresa, habían instalado una de esas maquinitas que dan el numerito con el turno. Tenía el 109 e íbamos en el 45… Se supone que esos papelitos sirven para organizar los turnos, que aparecen en una pantalla, indicando también el módulo al cual uno se debe dirigir. La tecnología del hombre blanco, como diría mi primo. Pero aquí, tenemos que encontrarle el desorden a la cosa, porque sino la vaina pierde su gracia y nos aburrimos.

Entonces, los numeritos aparecían en la pantalla: 47. Pero no aparecía el módulo, sino que el señor detrás de su computador gritaba como un desgañitado: CUARENTAYSIETEEEEEEE!!!!!!! MÓDULO TREEEEEEEES!!! Y la gente que esperaba repetía: ¿QUÉ QUIÉN TIENE EL CUARENTAYSIETE, OLE, APÚRESE!!!!!! Además, los numeritos no siempre aparecían en la pantalla porque TODOS los que atendían, pensaban que era más chévere gritar, así que se oía como un bingo: CINCUENTAAAAAAAA, SESENTAYTREEEEEEEEEES, NOVENTAAAAAA, CIENTOYPICOOOOOOO. Y la gente corra para un lado y pa’l otro…

A esto hay que agregarle que cuando sale el papel impreso, otro señor, que no es otro que el señor encargado del aseo del lugar, pero que asume un rol muy serio de repartidor de documentos, se pone en una esquina va gritando los nombres de la gente y uno tiene que estar “pilas” cuando griten el suyo: ZULY MARILEYYYYYYYYYY, JAIDER RAMÍIIIIIREZ, PAULA MARCELAAAAAAAA, MIGUEEEEEEEEEEEL…

La verdad es que no pude parar de reírme sola, porque a pesar del desorden solo me demoré 15 minutos en la vuelta y además durante ese corto tiempo, conocí a una simpática chica con quién fui a hacer las otras vueltas mientras me contaba las anécdotas del perro de su jefe…

Por fin me decido a escribir en este blog, después de mucho pensar… Hasta que la idea vino solita, mientras esperaba el bus en la 26 con 30.

A la hora del almuerzo hoy, le conté a Toño lo que me había pasado en la mañana y que creo, es una situación que solo pasa aquí. En Colombia, en Bogotá, que es la ciudad donde vivo. O por lo menos, como muchas de las situaciones que se viven día a día en esta urbe, uno siente que solo pasa aquí y por eso termina riéndose solo, preguntándose cómo no se vuelve loco. Y respondiéndose después, que no se vuelve loco porque al final de cuentas, son esas anécdotas que hacen que uno viva muerto de la risa y que termine diciéndose que somos únicos en medio de nuestra locura…

Por eso es que pensé que lo mejor es escribir esas “cositas” que pasan todos los días en Bogotá. Crónicas pequeñas de Bogotá, felices o tristes, que hacen reír carcajadas y también llorar a moco tendido, porque reflejan lo paradójico que es este país.

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