Ayer tuve que hacer los trámites de lo que aquí comúnmente se conoce como “la liquidación del contrato”. Si, si, si, se me acabó el contrato. Pero eso no viene al caso aquí. Lo que viene al caso, es lo que yo llamo “los procedimientos de simpatía” que uno tiene que llevar a cabo para poder dar por terminado un compromiso laboral con una entidad pública colombiana.
Llegué temprano, porque Adalberto*, el señor que se encarga de mi contrato me había dicho que tenía “que apurarle para ver si alcanzamos a coger las firmas de todo el mundo, porque después nos salen chicharrones y ahí si se friega y no le pagan este mes, nena.” Cuando llegué, me dicen que el señor no está porque resulta que a él también se le terminó el contrato y ya no vuelve más…
¿Y QUE VOY A HACER??? ¿Cómo me pudo abandonar en este momento crucial de mi existencia?, me pregunto, prediciendo mi periplo infernal por todas las oficinas, cubículos y escritorios del lugar, haciendo una sonrisita medio ridícula, solicitando “una firmita ahí donde esta la equis, si eres tan amable
”.
Entonces empiezo mi vía crucis por la oficina de la Dra. Olga, jefe de todo lo que es contratación, con una actitud tímida pero resuelta. “Venga le pongo mi autógrafo, nena y después me le dice a Asucenita que le ayude con el resto”. “Gracias sumercé” le digo y salgo para donde “Asucenita” la secretaria, quien me dice: “Ay pero siendo tú, pues claro, vamos a agilizar esa vuelta…” Gracias al todopoderoso, estoy pensando, cuando me suelta la señora “Pero corazón, te falta el formulario D57!”… HEIN???… “Y qué es eso, Asucenita???”, pregunto de nuevo, tratando de mantenerme de lo más simpática así me muera de la piedra, porque el tema es de vida o muerte.
Finalmente, no se como resuelvo el tema del D57, el hecho es que después me toca ir a donde “Julito”, para lo de la “firmita”, esperar “media horita” a que me atienda, siempre con la sonrisita y la simpatía pegadas como mis mejores aliadas.
Por último, tengo que dirigirme a donde “Blanquita”, la temida “Blanquita”, jefe ad hoc, o más bien ayudante de suma importancia de la sección financiera, que lleva 50 años trabajando en la institución, que antes de la remodelación cuadraba perfecto con los muebles y que puede hacer que todo el procedimiento de simpatía se me esfume en un segundo. Con ella si que toca a lo reina de belleza: “¿Y que más Blanquita, como me le ha ido, como está, tanto tiempo sin verla no? Vea le traje un detallito y de pasadita vengo a pedirle una firmita ahí donde está la equis.” Blanquita me mira con desconfianza, pero finalmente me sonríe y me pone la firmita y hasta me dice que la puedo llamar para ver como va “lo mío”. Gracias al cielo y a mis abuelitas que me amparan.
Como diría un amigo, más vale tener amigos que plata en la vida. Y ese dicho en las instituciones públicas vale ORO.
* Todos los nombres han sido cambiados…



He llorado hasta las lágrimas, de la risa que me produjeron tus crónicas. Son maravillosas… tienes una capacidad de recrear las situaciones de la vida real con tanto realismo y gracia que logran encontrar esa fibra y esa esencia de ser colombiano que tanto nos determina…
Sigue así… espero la próxima!!!!
¡Qué buenas tus historias bogotanas … locombianas! Son historias verdaderamente entrañables y divertidas gracias tu mirada atenta, perceptiva y sobretodo alegre. Te seguiremos leyendo aquí, punto de encuentro de todos los que te queremos. ¡¡¡Viva nuestra incipiente escritora!!!
ME ENCANTO ESTE RELATO, FELICITACIONES!! ESCRIBES MUY BIEN…QUISIERA QUE TE PÀSARAS POR MI BLOG Y COMENTARAS ALGUNO DE LOS ARTICULOS QUE YA HE SUBIDO….http://tartato.blogspot.com/
exelente y sigue escribiendo!!!
sebastian peñuela camacho