Esta mañana tenía que ir a “hacer vueltas”, es decir, a sacar unos papeles necesarios para poder trabajar. Tuve que ir a la Contraloría, por una certificación de no se qué, a la Personería, por otro papel que diga que uno no está en deuda con la ley y a la Procuraduría por otro papelito verde, que le dan a uno después de haber hecho una cola de 45 minutos en Bancafé y haber consignado $ 3.700.
Entonces llego yo a la Contraloría. Queda en plena carrera 10 con calle 18, centro de Bogotá. Hay una fila, no muy larga. Hay que saber que desde que regresé a Bogotá, perdí toda la timidez que había desarrollado en el país europeo y muy organizado donde viví durante varios años. Así que como suele hacer la gente aquí, me acerqué a la última niña que estaba en la cola y le pregunté, – como hacen todos los bogotanos, colombianos, ¿latinos? – si esa era la fila para sacar el papel de la Contraloría. Yo ya sabía que si, pero uno aquí debe corroborar la información, por si las moscas, porque que tal que hayan cambiado el sitio y uno no sepa.
Ante su respuesta afirmativa, seguí con la siguiente pregunta, que es: ¿y qué papeles piden? Todo el mundo hace lo mismo. Llegan al sitio, faltando media hora para que cierren, preguntan qué papeles se necesitan y si se necesita digamos, la fotocopia de la cédula (que es un requisito sine qua non para “hacer vueltas” aquí) entonces corrrrrrrrrrra a una fotocopiadora, no sin antes pedir que le guarden a uno el puesto…
Entro al lugar donde expiden el famoso papel y oh! sorpresa, habían instalado una de esas maquinitas que dan el numerito con el turno. Tenía el 109 e íbamos en el 45… Se supone que esos papelitos sirven para organizar los turnos, que aparecen en una pantalla, indicando también el módulo al cual uno se debe dirigir. La tecnología del hombre blanco, como diría mi primo. Pero aquí, tenemos que encontrarle el desorden a la cosa, porque sino la vaina pierde su gracia y nos aburrimos.
Entonces, los numeritos aparecían en la pantalla: 47. Pero no aparecía el módulo, sino que el señor detrás de su computador gritaba como un desgañitado: CUARENTAYSIETEEEEEEE!!!!!!! MÓDULO TREEEEEEEES!!! Y la gente que esperaba repetía: ¿QUÉ QUIÉN TIENE EL CUARENTAYSIETE, OLE, APÚRESE!!!!!! Además, los numeritos no siempre aparecían en la pantalla porque TODOS los que atendían, pensaban que era más chévere gritar, así que se oía como un bingo: CINCUENTAAAAAAAA, SESENTAYTREEEEEEEEEES, NOVENTAAAAAA, CIENTOYPICOOOOOOO. Y la gente corra para un lado y pa’l otro…
A esto hay que agregarle que cuando sale el papel impreso, otro señor, que no es otro que el señor encargado del aseo del lugar, pero que asume un rol muy serio de repartidor de documentos, se pone en una esquina va gritando los nombres de la gente y uno tiene que estar “pilas” cuando griten el suyo: ZULY MARILEYYYYYYYYYY, JAIDER RAMÍIIIIIREZ, PAULA MARCELAAAAAAAA, MIGUEEEEEEEEEEEL…
La verdad es que no pude parar de reírme sola, porque a pesar del desorden solo me demoré 15 minutos en la vuelta y además durante ese corto tiempo, conocí a una simpática chica con quién fui a hacer las otras vueltas mientras me contaba las anécdotas del perro de su jefe…


